Pensando en la cama. Yo a
mi cama voy cuando: tengo mucho frío, sueño, estoy triste, enfadada, cuando
quiero escuchar música y soñar.
Borrar todo lo demás y quedaros con lo último.
En mi cama es el único sitio donde puedo soñar en las 1000 vidas que pude o no
tener y no sentirme culpable, tonta o infantil. Mi cama es el refugio donde
puedo ser quien quiera. No me preocupa el dinero, la familia, los problemas,
las alegrías. Si el mundo ahí fuera se volviese patas arriba y dejase de
existir todo, me daría igual, siempre que yo estuviese en mi cama.
Sé que suena a romanticismo
pero es importante. Hoy en día el tiempo es oro y pasamos 20 años de nuestra vida en la cama (o más). Veinte
años soñando, porque soñamos aunque no nos acordemos. Es fantástico.
En los
sueños no te sientes culpable cuando matas a aquel desconocido que te persigue,
te tiras desde cualquier azotea y no te mueres, toreas un toro en el pasillo de
tu casa y te codeas con gente famosa muerta mientras te haces la Mata-Hari.
Puedes hacer lo que sea, ser quien quieras y lo mejor de todo; mientras lo
vives, es real. Está demostrado que mientras soñamos la parte del cerebro que
distingue qué es real y qué no, está apagada. Por lo tanto mientras ves esos
duendecillos saltar, no estás loco, simplemente es la realidad de tu cabeza y,
claro, tiene todo el sentido del mundo. Soñar también es terapéutico. Mientras
soñamos solucionamos problemas de nuestra vida. Freud no iba tan desencaminado
al fin y al cabo.
El otro día mientras ojeaba las investigaciones de ‘Inception’
(Origen), que por cierto, estuvieron 8 años investigando, escuché a un
psicólogo que decía: “Mientras soñamos somos todos esquizofrénicos”. Cierto es.
Si no podemos distinguir la realidad, el bien y el mal, se podría afirmar que
durante 20 años somos esquizofrénicos.
¿Y si lo llevamos al plano
artístico? Dibujar los sueños, nuestros delirios, metas absurdas, infinitas
posibilidades y sin sentidos. Pues ¡a ver qué surge!
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